El amigo poeta
llegó a Paradiso a preguntar por mí.
Me dejó en buenas manos
un ramo de sus versos
frescos y olorosos a ese mar donde vive;
destellos de ira eran con nombres y apellidos
de este país confuso, ambiguo hasta en sus alcobas.
Viaje de ida y vuelta el mismo día
fue como siempre el suyo
y manera no hay de apartarlo más tiempo
del ojo al Cristo de Zoila.
Quien no lo vio esa vez
no lo verá por largos meses,
porque el amigo poeta
cuida de pacientes y sirenas, seres muy dados
a morirse de amor en las madrugadas.
Yo fui a verlo un domingo
a bordo de un tractor del poeta Quesada
y allí estaba el nacido en Coyoles Central,
cantando, a voz en cuello, Oh sole mío
bajo aquel solazo de abril
que hacía reverberar la piel de las ceibeñas.
Tiempo sin vernos, años, lo suficiente, digo,
para que la amistad se vuelva
llama imborrable, prendida en la memoria
No hay comentarios:
Publicar un comentario